08 julio 2007

Abuelo

Abuelo

El abuelo decía que las tardes solían ser despejadas y bellas en el crepúsculo que se formaba a un lado del claro y largo río. Que él corría y jugaba descalzo en el suave y verde pasto que abundaba en los grandes campos que se perdían en el horizonte. Que a veces buscaba a una linda niña que vivía cerca, con la cual platicaba, jugaba y hacía bromas. Que reían y daban maromas en las arboledas. Que juntos perseguían aves, ardillas, y algunas veces cortaban flores que se regalaban mutuamente. Que comía deliciosas galletas preparadas por su mamá. Que guardaba algunas para sus amigos que también traían algo de sus casas y alacenas. Que en las noches platicaba de sus aventuras y travesuras con su papá como un confidente. Que le encantaba despertar temprano y oler el fresco y dulce aroma que producía la tierra y pasto mojado con el rocío de la mañana. Que disfrutaba de la fogata que armaba su hermano en los días de invierno. Que nadaba y pescaba en el bello río que se extendía por todo el lugar donde sembraban maíz, frijol y naranjas. Que le gustaba acostarse en la suave hierba y mirar las nubes con forma de conejos, flores y caramelos. Que un día llegó un fotógrafo de la ciudad y lo retrató. Que se divertía recolectando flores del bosque y el campo. Que las risas eran una constante en su vida. Que le dio un baño al perro de la vecina porque creía que estaba bastante sucio. Que escalaba a la copa de los árboles para asegurarse que el pueblo estuviera en orden. Que las vacas comían todo el día y dejaban que los pájaros posaran sobre ellas. Que los abrazos de su mamá eran tiernos y cariñosos. Que cuando cerraba sus ojos soñaba con montar un caballo e ir hasta la blanca montaña que se veía desde la ventana de su casa. Que sembró una semilla, la regó y cuido hasta que nació un pequeño ramillete que anunciaba la llegada de un fuerte y grande árbol. Que recibió una caja de deliciosos chocolates el día de su cumpleaños. Que cantaba una linda canción cuando caminaba por el sendero que lo guiaba a la casa de Don José, el cual le contaba emocionantes historias de piratas y doncellas. Que lloró el día que uno de sus amigos se enojó con él, pero al siguiente día se hicieron amigos de nuevo. Que a lo lejos se podía observar el camino de humo que dejaba a su paso el tren que pasaba por la comunidad. Que en los calurosos días de verano, su mamá preparaba un refrescante cántaro de agua de limón. Que amaba sentir la suave lluvia que lo mojaba mientras corría con los brazos abiertos por el patio. Que el establo era el lugar donde les confiaba sus secretos a los animales que ahí vivían. Que varias veces se escapo de noche de su casa para mirar las estrellas que adornaban el firmamento. Que le agradaban más los días fríos que los cálidos. Que no eran suficientes los dedos de sus manos y pies para contar a sus amigos. Que sentía el cariño de la gente. Que amaba a sus papás. Que en las noches oraba a Dios dando gracias por sus manitas, por sus piecitos, por sus papis, por el bosque, por el río, por sus vecinos, por sus amigos, por la niña con quien jugaba, por el chocolate, por el sol y quien sabe cuantas cosas más. Que en esas oraciones, lo único que pedía era que su vida siguiera igual de feliz. Y así fue.

22 junio 2007

KIME

KIME

Kime salta de rama en rama, recolecta nueces que caen de los árboles, juega con las otras ardillas y hasta juguetea con los niños del parque. Es joven e inquieta, un poco curiosa y atrabancada, pero con una linda y larga cola esponjada.

De reojo uno puede observar a la pequeñita corriendo por los escasos espacios libres existentes en el jardín. Es escurridiza, sólo la he visto acercarse a las personas dos veces: la primera con un anciano dormitando en una banca, la ardilla salto sobre sus piernas y le robó un trozo de la harinosa dona que consumía el viejo hasta antes que se quedara dormido, ahora que lo recuerdo bien, el hombre no despertó ante los movimientos del animalito. La segunda ocasión le arrojé un cacahuate, sin dudarlo Kime se acercó, tomo la nuececilla entre sus pequeñas patas, la olfateo e inmediatamente la devoró, cuando acabó de comerla giro su cabeza para verme y como agradecimiento me lanzó una especie de mueca que interprete como una sonrisa. Después de eso ella corrió al árbol mas cercano que halló.

Una noche, ya que habían terminado los juegos con las otras ardillas, Kime se quedó otro rato en lo más alto del árbol donde ella vivía, miró el bello atardecer y por un momento quedó quieta, muy quieta, nunca se le había visto así, estaba sorprendida del espectáculo que contemplaba. Anocheció y seguía observando el cielo, ahora con un intenso color negro y adornado con brillantes destellos que reflejaban la hermosura del firmamento.

Pero una estrella fue la que más llamó su atención. A Kime no le importaba a que galaxia pertenecía, o cual era la ubicación geográfica-astral de la luz, sólo la quería seguir mirando.

Y así, cada noche la ardillita se escapaba de cualquier cosa que estuviera haciendo y subía a la copa de un árbol para encontrarse con la misma deslumbrante estrella con la que se acompañaba hasta dormirse entre las verdes hojas del bosque. No la compartía con nadie más, era su estrella, sólo para ella. Desde que amanecía pensaba en el hermoso brillar, la perfecta figura y la singularidad de su estrella. Esos fueron los días mas distraídos de Kime, se olvidaba de comer, de jugar, de huir ante la presencia de un perro.

Algunas noches, ella realmente podía asegurar que la estrella la estaba abrazando con su ligero calor, que la acariciaba con sus delicados rayos, que le susurraba lindas frases. Y aunque la luna también hacia su intento por conquistar a la ardillita con su perfecta silueta y tamaño, la estrella ocupaba un lugar especial para la pequeña.

Los días en que la penumbra se teñía de cirrosas nubes blancas, Kime saltaba desesperadamente de copa en copa hasta encontrarse con su amiga, eran esos momentos en los que se daba cuenta de su necesidad por ver a la estrella, que se sentía incompleta, que tenía hambre de las suaves y tiernas caricias del lucero.

Corría y saltaba, saltaba y corría, llorando entre los árboles del bosque, chillando descorazonadamente. Sus patas se empezaban a cansar de tanto correr, pero su mente no pensaba en alguna otra cosa sino que en el astro. Sudaba grandes gotas para lo pequeño de su cuerpo y sus músculos, que empezaban a fatigarse. No la encontraba, no la hallaba en ningún lugar, no la lograba visualizar, no sentía sus rayos, su luz.

Sin saber cómo, Kime sintió que algo explotó en su pecho, le dolió, un dolor tan intenso como si le hubieran arrojado una roca directamente en el…corazón.
Corazón. Co-ra-zón. La ardillita sabía que era su corazón. Se detuvo un instante, se sentó en el húmedo pasto y llevó sus minúsculas patas al torso. El dolor no paraba y más que nunca deseo ver a su estrella, volteó hacia el cielo y con los ojos semi cerrados trató de encontrar a su amiga…no la halló, las ramas de algunos árboles le impedían ver el firmamento.
Ahora su sollozo era más fuerte que antes, sufría por la aparente eterna oscuridad de la noche, por el incesante frío, por la soledad que invadía su mente, por las nubes que advertían la pronta lluvia, por el dolor que amarraba su corazón.

Aún con el dolor, Kime se esforzó para levantarse, lentamente caminó hacia un espacio abierto y así, quizás, ver el cielo donde habitaba fijamente la estrella.

Cada paso que daba era un reto, su dolor aumentaba y la lluvia pegaba un ligero rocío que empapó el lindo pelaje de la ardilla.

Kime estaba totalmente débil, no pudo más y cayó boca arriba, con los ojos entreabiertos miró hacia arriba y sólo encontró las mismas nubes que en un inicio estorbaban entre la estrella y ella.

Ahora sentía otro dolor en su corazón, pero el dolor era diferente al que en un principio la atacó. Esta dolencia hizo brotar una última lágrima con tintes de tristeza.
Lentamente cerró los ojos, y durmió entre el mojado pasto.

14 mayo 2007

El poder de la palabra

El poder de la palabra

“Se te es lícito caer
pero te es obligatorio levantarte”
Proverbio ruso

“Las grandes cosas no se logran por impulso,
sino por la suma de pequeños hechos”
Vicent Van Gogh

“Si deseas ver un arcoíris en tu vida,
debes tolerar la lluvia”
Anónimo

“La vida es lo que pasa cuando estas ocupado en otros planes”
John Lenon

“Somos como los rieles de la vida:
no somos nada el uno sin el otro”
Anónimo

“Mucho sabe
el que conoce su propia ignorancia”
Confucio

“Sin música,
la vida sería un error”
Anónimo

“La risa es el alimento del alma”
Anónimo

Imágenes del primer cuadro (Un video)

Éste video presenta algunas imágenes que podemos encontrar en el primer cuadro de la Ciudad de México.
Los invito a que den click al vínculo de abajo y así puedan visualizar el multimedia.
Disfrútenlo y dejen sus comentarios en esta entrada o en los comentarios de YouTube.

Imágenes del primer cuadro
http://www.youtube.com/watch?v=Jm87QlXwFBI

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